Confesiones de una terapeuta en cuarentena

Estoy segura que si le pedimos a diez terapeutas que describan su experiencia con la psicoterapia online, tendremos  diez  versiones completamente diferentes. Aquí va la mía.   Soy psicóloga clínica hace más de 20  años. Quienes me conocen  saben cuánto amo mi profesión. Me siento muy afortunada  y bendecida de poder hacer todos los días algo que me apasiona. Atender online no es nuevo para mi, hace ya varios años lo hago ocasionalmente, con pacientes que por múltiples razones no pueden asistir físicamente a la consulta, ya sea porque se encuentran  en el exterior o porque están inhabilitados para salir de sus casas. Hoy en día, todo mi trabajo es virtual y tengo que confesarles que ha traído sus retos.

Lo primero es que, de repente, perdí (aunque sea de manera temporal) mi querida oficina, con mi mullido sofá, la planta que me ha acompañado desde que empecé a trabajar y que casi toca el techo y mis matrushkas que son blanco de interminables proyecciones de los pacientes. Perdí mi refugio, un espacio en el cual no hay interrupciones, donde controlo la temperatura del aire, el ruido ambiental y hasta el olor a vainilla que lo aromatiza.  De un momento a otro, todo esto fue reemplazado y me convertí en la invasora de mi propio hogar. Secuestro por largas horas un cuarto que antes era compartido. El bullicio espontáneo de mi familia ahora solo se circunscribe a ciertas horas y ciertas áreas de la casa. Tengo que darle crédito a mi esposo  y mis hijos quienes han sido pacientes y tolerantes, respetan el proceso y se han adaptado a esta nueva situación como verdaderos campeones, siendo jugadores de equipo en su máxima expresión. Incluso uno de ellos me hizo un letrero que indica cuando estoy ocupada para evitar entrar en un momento inoportuno. 

Ahora quiero entrar en lo que en lo personal  constituye el verdadero reto: el encuentro con mi rostro.   Si, tal cual lo dije, ver mi reflejo constantemente en la pantalla  ha sido fuerte. Hace unos años escuché en una charla que la cara fue creada para los demás ya que nosotros no podemos verla.  Pues con la tecnología, eso ha cambiado, ahora en la video-llamada  nos vemos.  Y así sea que minimizamos la imagen vemos nuestro reflejo, TODO EL TIEMPO.  Ahora, no solo veo a mis pacientes, sino que me pillo mirándolos, haciendo expresiones faciales que no tenia idea que hacia, de esas que los demás te señalan y que eran inconscientes.

Ha sido todo un desafío, fijar la mirada en la pantalla, asegurarse de hacer contacto visual con los pacientes, tratando de mostrarles que estoy conectada con ellos. Pero también ser testigo de cómo han pasado los años.  Me tocó mirarme en una etapa de transición y esto me ha forzado a ponerme en contacto conmigo misma.  Conectar con la cara  que ha sido el espejo  para mis hijos, mi esposo, y  para  tantos pacientes a lo largo de los años.  Me pregunto ¿qué función tendrá el poder vernos mientras miramos al otro? ¿qué opinaría Winnicott al respecto?  Quizás por todo esto, hoy en día, me pierdo aun más en los ojos verdes de mi hija cuando me mira y me recuerda que lo que refleja su mirada tiene que ver más con el vínculo que nos une y mucho menos con la realidad física. Ahora me toca mirarme con autocompasión. Mirarme con el amor  con el que me miran mis hijos, respirar profundo y enfocarme nuevamente en el otro.

Por Tamara Simana de Zebede – Panamá Abril 2020 (en cuarentena)

 

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